El precio de la felicidad.

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No hace demasiado tiempo que terminé de leer Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Debo reconocer que cuando lo empecé tenía mucha curiosidad por descubrir en qué consistía la sociedad imaginaria descrita en el libro, en la que todo está enfocado para lograr la felicidad de los individuos que la integran, me atraía la idea de la utopía de la felicidad común llevada a la práctica aunque fuera solo en una novela.

No obstante, a medida que iba leyendo, como supongo que le habrá ocurrido a todo aquél que haya leído el libro, iba percatándome de los innumerables inconvenientes que comportaría la existencia de una sociedad así. Sí, para mi sorpresa, la felicidad “universal” tenía sus inconvenientes, que tenían un enorme peso frente a las ventajas.

Aunque muchos de los hechos que se describen son realmente sorprendentes por el hecho de que invitan con mucho a la reflexión acerca del progreso imparable en el mundo en que vivimos, fueron dos cuestiones las que me hicieron reflexionar en mayor medida.

La primera de ellas trata sobre la libertad. Para que todos los individuos sean felices deben renunciar completamente a su libertad, subordinándose al sistema etablecido hasta el punto de renunciar a su condición de individuos para pasar a ser simples piezas sueltas e inútiles que, unidas, forman un todo con sentido. La sociedad feliz necesita de individuos felices, así que éstos deben serlo por el bien común de todos, pierden todo derecho a elegir sentirse desdichados, a sentir cualquier sentimieto contrario a la tan venerada felicidad, incluso a pensar por sí mismos o aprender, pues podrían llegar a conclusiones perjudiciales para la sociedad.

La segunda cosa que me causó una gran sorpresa es consecuencia de la primera: en una sociedad feliz no tiene ninguna cabida el arte. ¿Qué sentido tiene expresar emociones y sentimientos si son comunes en todas las personas por igual? Si el arte es una forma de expresión del individuo, ¿Qué clase de arte surgiría de un individuo que desde su nacimiento es negado como individuo? No hay expresión interior de nadie porque las personas que viven en esta sociedad carecen de profundidad psicológica, tan solo siguen las pautas que les han sido marcadas.

Por tanto, en el mundo feliz que se plantea en este libro con el mismo título, las personas dejarían de tener valor individual en  la sociedad, serían solo elementos condicionados constantemente para que no dejen de cumplir su función: ser felices.

Sinceramente, no me atrae en absoluto esta idea de la felicidad en que para lograrse se debe renunciar a la propia esencia, renunciar a la libertad de ser individuos únicos me parece un precio demasiado alto hasta para lograr la felicidad.

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